Deshumanización y el desafío de la compasión: Caso torturas, Hospital Base Osorno.

En las últimas semanas, Chile conoció una noticia estremecedora: en el Hospital Base de Osorno, trabajadores fueron imputados por cometer torturas y humillaciones contra un compañero de forma reiterada. Los agresores eran sus colegas, algunos con cargos de jefatura, dentro de una institución cuya misión es cuidar la vida y la salud.  Tristemente tras un primer sumario el 2021, el resultado no llevó a nada.

Ahora que la noticia causó revuelo, producto de la información que aparece en la prensa, se activó el aparato institucional; El INDH presentó querella, el CPT (comité para la prevención de la tortura) condenó los hechos, el MINSAL destituyó a los implicados, La CUT rechaza los hechos. Aun así, la pregunta que queda abierta es: ¿dónde está el acompañamiento sostenido, el seguimiento de casos y la defensa del “buen trato” como prioridad sindical y política?, no solo cuando hay cámaras, cuando el foco se va a lo “político o económico”, el buen trato no puede ser un mínimo tácito: requiere política explícita, métricas, consecuencias y, sobre todo, requiere coherencia.

La indignación inicial es evidente. Pero tras ella aparece la pregunta más incómoda ¿cómo es posible que seres humanos sean capaces de infligir crueldad en un espacio que debería proteger?

La filósofa Hannah Arendt habló de la banalidad del mal; cuando los actos atroces se vuelven rutina, se vuelven aceptables porque la mirada ética se anestesia. El psicólogo Zimbardo mostró cómo las dinámicas de poder pueden transformar a personas ordinarias en verdugos y Milgram probó que la obediencia ciega a la autoridad disuelve la responsabilidad moral.

Bárbara Porter, psicóloga ha descrito con lucidez que la deshumanización es un proceso que permite volver al otro una cosa. Cuando se etiqueta, se ridiculiza, se niega el rostro humano del otro, se lo vuelve un “eso” más fácil de manipular, agredir o humillar. Y cuando un grupo normaliza esta práctica, el mal deja de ser excepción para convertirse en un modo de convivencia.

Así, lo ocurrido en Osorno no es solo una falla individual. Es un espejo que nos muestra un fracaso institucional y cultural: la ausencia de protocolos de cuidado efectivos, la complicidad del silencio, la risa que trivializa, el gesto que convierte lo intolerable en costumbre.

Lo mismo sucede en los entornos de acoso escolar, laboral. Comienza con una burla, un apodo, una exclusión “inocente”, “es talla, para qué tan grave”. Luego la práctica se comparte, se celebra, se justifica. Lo que debería escandalizar se transforma en chiste de pasillo, uno que te hace ser parte del grupo. En esa decisión que cada persona toma de respaldar con su silencio o su apoyo al maltrato, en esa dinámica la humanidad compartida se quiebra: dejamos de ver al otro como un igual, lo relegamos a un rol que lo reduce a nada y lo aísla.

¿Quién no ha participado- aunque sea desde el silencio- en dinámicas donde alguien es reducido a una debilidad, a un defecto? ¿Qué parte de nuestra dignidad se erosiona cuando dejamos que la humillación se normalice?  

Imposible no recordar a Karin, quien perdió la vida tras soportar tratos humillantes en su entorno laboral, y cuyo nombre hoy da forma a una Ley que intenta prevenir y sancionar estas violencias. Y sin embargo, en la consulta clínica me sorprende constatar que muchas personas siguen callando, muchos hombres que cargan con el “estigma de tener que ser hombrecitos”, lo cual les impide mostrarse vulnerables. Detrás de todo, hay una mochila cargada de estereotipos y vergüenza, que vuelve doblemente cruel el acoso: primero en la experiencia vivida, y luego en la imposibilidad de nombrarla.  

El desafío está en romper la cadena: entender que la violencia y la humillación no distinguen género, y que reconocer el dolor no disminuye la masculinidad, sino que rescata la humanidad compartida que todos merecemos.

Todos compartimos la vulnerabilidad, la fragilidad, el miedo, la esperanza, el anhelo de ser vistos/as con dignidad. La compasión entendida no como un sentimentalismo, sino como una ética activa del cuidado es el acto de responder al sufrimiento con el deseo y la acción clara de aliviarlo.

Tener estos principios como ejes son mínimos éticos que deberían guiar tanto a las instituciones como los vínculos individuales:

  • Gobernanza con enfoque de derechos: integrando el convenio OIT 190 y Ley Karin en los planes estratégicos de servicios públicos y clínicas, con metas medibles; capacitaciones, denuncias tramitadas sin revictimización, tiempos de respuesta.
  • Formación obligatoria y programas anuales, (no talleres aislados) sobre deshumanización, sesgos, neurodiversidad, compasión basados en evidencia para toda la cadena jerárquica. Vincular asistencia y desempeño directivo a esta formación de buen trato y cuidados.
  • Líneas de denuncia seguras e independientes; canales externos al mando directo, protección real a denunciantes, sanciones efectivas, comités éticos.
  • Supervisiones clínicas éticas: que revisen climas de equipo, indicadores de trato, rotación, ausentismo, señales tempranas de violencia psicológica. Es posible pedir y tener buenos resultados con liderazgos que inspiren, no que limiten y humillen.
  • En lo personal: entrenar la mirada que reconoce al otro no solo como colega, paciente, vecino, sino como un ser humano irreductible, imposible de reducir a una etiqueta. DECIDIR hablar con consciencia; no entrar en el rumor malintencionado que critica y aumenta el conflicto sobre otro del cual poco o nada se conoce.

Lo que ocurrió en Osorno no puede reducirse a un hecho policial o administrativo. Es un recordatorio de que las instituciones fallan cuando la compasión no es parte de su estructura, y de que los grupos humanos fallamos cuando dejamos de ver al otro como alguien digno de cuidado.

La pregunta es si tendremos la capacidad de cerrar esa grieta: de volver a hacer de la humanidad compartida y la compasión no un ideal opcional, sino la base mínima de toda convivencia y quiero creer que es posible porque he estado inmersa en espacios laborales con alma, donde tu propósito puede trascender para hacer de tu tarea algo maravilloso y con sentido.

Destruir a otros es fácil, basta con replicar o callar ante un maltrato.  Ayudar a otros a brillar es un acto noble y en ese gesto, no solo crecemos individualmente, sino también colectivamente.

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